Escribo para no olvidar.
¿A ella también la quieres?
Preguntó ella.
—¿Tú? ¿Me quieres? —preguntó en medio de la tormenta.
—Muchísimo —respondió sin prestarle tanta atención.
Los ojos cafés lo miraron cargados de angustia. Latente, debajo de las pestañas, se podía oler el miedo. Entonces él se incorporó y la observó.
—Muchísimo —repitió como un hechizo
Las palabras se atoraron en medio de la garganta de la muchacha. Ojalá hubiese alguna manera de detener las palabras que se acumulaban en su alma.
Otros ojos, otros labios, otros cuerpos, otras manos, otros detalles, otras canciones, otros azares, otros llantos, otras risas, otros sollozos, otras conversaciones, otros detalles, otros gritos, otros silencios.
Los otros cobraban vida, forma, espacio, tiempo y cuerpo. Entonces la pregunta se derramó en medio de su boca.
—¿A ella? —tomó aire para darse valor y finalmente preguntarle —¿También la quieres?
Mierda, pensaron ambos al mismo tiempo. La pregunta se había instalado entre los dos, creando un espacio, una barrera, un quiebre. Ambos sabían que después de la respuesta nada sería igual.
Ella se asustó. Porque, observando los ojos claros, se dio cuenta que estaba evaluando su pregunta. Quizás por primera vez en su vida, el cuestionamiento se había cruzado por su mente.
¿Acaso él nunca se había preguntado si quería a la otra? ¿Acaso jamás había pasado por su mente medir ese cariño? ¿Acaso el amor por ella era tan inmenso que no podía contarlo? ¿Por qué se odiaba tanto como para pensar en todas esas preguntas?
Él también se asustó. Quererla a ella se le había impuesto (a veces no sabía cómo explicarlo, pero eso no quería decir que quererla era un castigo, quizás era algo más complejo que eso). Ella era frágil, diminuta y olorosa. Sabía cómo conquistar y hacer que el otro se sintiera triunfante. A él ese juego de poder le parecía divertido, porque le hacía feliz hacerla sentir una ganadora. También se había prometido cuidarla (nunca se lo había dicho, pero siempre lo hacía). La conocía tanto que incluso intuía sus dolores, anticipándose a ellos para evitarlo.
Querer a la otra era diferente. Natural como respirar. Estaba tan acostumbrado a su presencia que, el día que había faltado, se había sentido tan vacío que la tristeza lo había inundado. Nunca sabía lo que la otra pensaba, era un misterio con lentes, cabello desordenado y ceño fruncido.
Todo era difícil con la otra: las risas, los llantos, los besos, los abrazos. Todo era complejo porque tenían sabor a fresa, chocolate y culpa. Quizás era emocionante descubrirla palmo a palmo y saber que jamás podría entenderla del todo. Negra, oscura y fascinante, observándola lentamente, absorbiendo su atmósfera, sus olores, sus miedos, sus llantos, sus dedos, su cadera y sus labios.
Tomó aire. Ambos sabían lo que pasaría. Él le diría que no podía medir sus sentimientos por la otra. Sabía exactamente cuánto la quería a ella, sabía los límites de su querer, de sus afectos y ternuras. Todo con ella era medido, pensado y meditado (porque ella era frágil). Con la otra todo era salvaje, mordidas y peleas (porque la otra era fuerte). Con ella había promesas de vestidos blancos, de casas e hijos (porque ella era hogareña). Con la otra no había futuro, solo un emocionante ahora lleno de jadeos, erotismo y dedos enterrados. Con ella todo era una apacible calma, idéntica a un paraje conocido del cual no necesitabas un mapa, porque era imposible perderse entre tanta familiaridad. Con la otra todo era idéntico a estar perdido en medio de la selva, sabiéndose presa de todos los animales, con los sentidos alerta, dispuesto a atacar y devorarla para sobrevivir.
—No quiero —escupió ella —ya no quiero saberlo.
Él cruelmente sonrió diciéndo:
—¿De verdad no quieres saberlo?
Ella sabía que jamás lo conocería por completo. Había partes oscuras de él a las cuales ella nunca podría llegar.
Por eso odiaba a la otra, porque con la otra no había cuidado, no había secretos, no había límites. Si la otra hubiese preguntado él le hubiese respondido sin dudarlo. Porque la otra era tan fuerte que podía soportarlo todo. Hasta estar sin él.
Ella no podía existir en un mundo en donde él no la quisiera solo a ella.
—No, no necesito saberlo.
FIN
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